Artículo próximo a salir en el número 4 de la Revista Inconsciente

 

En anteriores oportunidades hemos abordado la importancia de la política y de “lo político” en el ámbito público así como de la participación ciudadana en ella. Hemos señalado que la intervención de la sociedad civil organizada en el ámbito público, y particularmente en el ámbito político es fundamental para el impulso hacia la agenda de gobierno de temas socialmente sensibles, como lo son los derechos medioambientales y el respeto a los derechos humanos.

Hoy en día el desarrollo de la vida pública y de sus componentes políticos se ciñen en gran medida a los denominados sistemas/ambientes/preceptos democráticos. La democracia es un término recurrente y encumbrado, cuyo carácter sacro radica en que supone una representación política de los actores sociales. Teóricamente la democracia es abundante en interpretaciones. Pero ¿qué es la democracia hoy? Y más aún ¿es verdaderamente representativa?

El paradigma democrático

La democracia ha sido concebida tradicionalmente con un carácter procedimental. Nociones como la de Joseph Schumpeter de “ordenación institucional para la toma de decisiones a través del voto” o la de Norberto Bobbio de “un conjunto de reglas mínimas que avisan quién y cómo está al mando” reducen a la democracia a una expresión corriente de la soberanía popular, donde el único espacio de participación ciudadana son las elecciones periódicas[1].

Sin embargo, los cambios en el mundo moderno han trastocado, de manera fibrilar, los más sólidos pilares de la vida pública occidental. El paradigma democrático, eje rector de los sistemas políticos liberales del siglo XX (el siglo del poder, por cierto) es uno de los ejemplos más delicados. Existe hoy en día, en América Latina con singular fuerza, un desencanto democrático a nivel tal que incluso es uno de los pocos temas de consenso entre posiciones políticas contrarias[2]. Es por su puesto una preocupación distinta pero finalmente una preocupación común. Tanto desde la izquierda como desde la derecha se percibe un desgaste del arquetipo democrático.

Luis Salazar y José Woldenberg explican, que el Estado político moderno, surgió a partir de la constitución de un máximo poder soberano, que se (auto) reguló con fundamentos legales y que materializó su forma de tomar decisiones en la construcción de una voluntad política colectiva (mediante el principio de mayoría a través de elecciones) y con ello aseguro la representación política democrática de los ciudadanos como hoy la conocemos[3].

En teoría son propios de este método democrático valores y presupuestos éticos que lo hacen deseable frente a otras alternativas para regir la vida en sociedad. A decir de Salazar y Woldenberg, estos valores son: la libertad, la igualdad y la fraternidad. Por su parte, la representación permite al ciudadano elegir periódicamente, entre un acotado número de opciones, a un representante que vele por sus intereses. Es decir, bajo el principio democrático tradicional el ciudadano únicamente puede decidir “quién” pero no “qué” o “cómo”.

El poder que se representa a sí mismo

Más allá de la inoperancia de ésta lógica de representación para resolver problemáticas ciudadanas concretas, su principal carencia es “la falta de mecanismos de control que modifiquen el tipo de relaciones de poder (…)”[4]. El representante puede y de hecho así sucede con frecuencia, limitar la capacidad de deliberación de sus representados. Surge entonces una contradicción primaria, ya que “el fin último de la democracia política es prevenir, dentro de lo posible, el abuso de poder por parte de los gobernantes frente al resto de la ciudadanía” [5]

Así, la democracia es un método para la delegación masiva de facultades de decisión. Y la representación consiste en que una mayoría ciudadana confía el resguardo de sus más sentidos intereses a una minoría que (en teoría) habrá de ser consecuente con éstos. Una vez realizado dicho ejercicio el ciudadano tiene nulas o muy pocas posibilidades de participar en la toma de decisiones, lo más cercano que estará de ello será mediante la elección de quienes habrán de tomar éstas. Philippe Schmitter y Terry Lynn Karl denominan a este fenómeno “electoralismo”, éste a su vez provoca que los ciudadanos no existan más allá de las urnas, por lo que existen amplios intervalos de nulidad ciudadana en el periodo inter -electoral.

En otras palabras, bajo la concepción burguesa de la democracia liberal el poder termina representándose a sí mismo en un círculo sin fin. Es un uróboros, la serpiente que, según los griegos, devora su propia cola. Es un ejercicio ocioso pero finalmente legitimador porque las decisiones mínimas de una mayoría legitiman las decisiones máximas de una minoría. Es un mecanismo de inmovilidad social.

La serpiente a debate

La democracia, como la serpiente que se devora a sí misma, se fundamenta en el absurdo. Su lógica de existencia es endeble y cuestionable. Por ello actualmente tiene lugar un debate al respecto. Por una parte se encuentran las concepciones procedimentales o minimalistas donde “la democracia se concibe como un método político que corresponde al procedimiento de toma de decisiones, siendo las elecciones el instrumento ideal para agregar las preferencias individuales a través de la competencia pública”[6]. Contrariamente tienen lugar posiciones que argumentan que “los sistemas democráticos deben incorporar procesos racionales de discusión y deliberación, pero no como método para la autorización de los gobiernos sino como una forma de ejercicio colectivo cuya base sea un proceso libre de presentación de razones entre iguales”[7]

Este debate es consecuencia de las evidentes contradicciones que a nivel mundial exhibe la democracia como sistema de dominio, por ello, la discusión alrededor de qué debemos entender por “democracia” no es coyuntural ni una discrepancia transitoria. Desde nuestro punto de vista es una necesidad histórica.

Y es que la nulidad en la representación de un poder que se representa (sólo) a sí mismo y las consecuencias de exclusión y divergencia social que de ello se derivan han demostrado la necesidad de ampliar los canales de representación existentes y, al mismo tiempo, construir nuevos espacios de participación política para los ciudadanos. Es necesario dejar de lado a la serpiente del absurdo.

En años recientes el surgimiento y consolidación de nuevos y más sólidos proyectos alternativos en América Latina, han favorecido en la concepción de la democracia como un espacio de organización para la deliberación colectiva y no simplemente como un sistema procedimental. No obstante, en México las condiciones son otras y esta discusión supone una paradoja, por una parte es una discusión incipiente. Casi mínima. Pero al mismo tiempo ésta se desarrolla en el espacio más importantes del ámbito público: en la calle. Producto del contexto de coyuntura y desencanto permanente, varios sectores ciudadanos han comenzado a organizarse para participar más allá de las pautas marcadas por el sistema democrático dominante, algunos al amparo de un proyecto definido otros de manera emergente, obligados por la fuerza de la necesidad; algunos persiguen objetivos políticos, económicos o de reivindicación social; algunos abanderan tópicos generales otros se desarrollan sobre la particularidad de sus problemas. De cualquier forma allí están y coinciden en el agotamiento del arquetipo democrático como medio de representación efectivo. Este fenómeno por su puesto no es abundante en bibliografía, los intelectuales no saben caminar la calle, de ahí que no se haya documentado con suficiencia de lo que sucede en lo más profundo del tejido social, sin embargo se desarrolla. En México la serpiente ya se ha puesto a discusión.

Eduardo León Correa.

Comisión de Derechos Humanos de las y los jóvenes. 


[1] Rodríguez Cortés Luisa Fernanda, “Entre los nuevo y los viejos caminos: la relación ciudadanos- sistema político” Andamios, Revista de Investigación Social de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Vol. 5. Núm. 10, Abril 2009  p. 113-114

[2] Temkin Yedwad, Benjamín, Rodrigo Salazar Elena y Gustavo Ramírez Pedroza. “Explorando la dinámica del Abstencionismo Ilustrado: ¿un caso de demasiada o poca cultura democrática?. Apuntes Electorales. Revista del Instituto Electoral del Estado de México. Año IV. Núm. 19. Enero- marzo, 2005. p. 10

[3] Cfr. Salazar, Luis y José Woldenberg, “Principios y valores de la democracia”, Cuadernos de divulgación de la cultura democrática. Instituto Federal Electoral. Agosto 2008. p. 15- 22.

[4] Mora Velázquez, “Reflexiones sobre el ciudadano en el espacio público: una crítica de la representación” en, Convergencia, Revista de Ciencias Sociales. Universidad Autónoma del Estado de México, año 16, numero 49, enero- abril de 2009.p.  343

[5] Este abuso en la representación del ciudadano es frecuente y socialmente nocivo, sin embargo, dada su configuración  los sistemas democráticos permiten este fenómeno, “la historia mundial enseña que son pocos los que, pudiendo beneficiarse personalmente del poder, no lo hacen por motivos morales, de altruismo u honestidad política. La gran mayoría de los individuos, si pueden beneficiarse personalmente de su poder, afectando los intereses de los ciudadanos comunes, y sin que por ello sean castigados de alguna forma, lo harán.  Crespo, José Antonio. “Elecciones y democracia” Cuadernos de divulgación de la cultura democrática. Instituto Federal Electoral. Agosto 2008. p. 11

[6] Rodríguez Cortés. Op, Cit. p. 115

[7]Boaventura De Sousa Santos en, Rodríguez Cortés. “La participación en Porto Alegre” Revista Política y sociedad, Volumen 26. 1998.p. 115

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