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El control social ha sido un elemento constitutivo de la política a lo largo de la historia, debido a que, en buena medida tienen una relación interdependiente. De hecho, en cuanto el control social sufre desequilibrios, los riesgos de violencia estructural transitan de lo potencial a lo latente, por lo que no debe extrañar que aquí y allá, los gobiernos se preocupen por buscar mecanismos cada vez más sofisticados de control.
Videovigilar es una ambición que está encendiendo alarmas, pues nos coloca frente a dos derroteros tan oscuros como inciertos. Uno de ellos es la ingenuidad con la que continuamos relacionándonos con la tecnología; y el segundo, en la posmodernidad, en los tiempos de radicalización de la diversidad, y en los que la institucionalización apenas genera puntos reproductivos de legitimidad, los gobiernos siguen buscando estrategias que atentan contra una de las principales bases constitutivas de la modernidad, a saber: la intimidad.
La importancia de la intimidad en la organización social radica en que la invención de ésta contribuyó de manera relevante al desequilibrio y el eventual desmantelamiento del control social tradicional, entendido éste como aquel en que la autoridad tenía el poder legítimo de hacerse del conocimiento extensivo sobre las características y comportamiento de su comunidad.
La intimidad cobra sentido en tanto da corporeidad al espíritu de la libertad, en contextos normados lo suficiente como para poder buscar la autoafirmación, pero sin vulnerar el orden social, es decir, sin promover caos y anarquía. Las leyes suponen racionalidad para mantener la paz social sin reprimir las capacidades innovadoras y competitivas, las cuales se encuentran directamente relacionadas con la personalidad y voluntad de cada persona.
Lo íntimo, en este sentido, no se refiere a la vida de alcoba o a cualquier escenario en el que priva la desnudez, sino a toda actividad ajena al espacio público; al ámbito de afirmación total del sujeto, en el que el yo es superior a cualquier alcance o necesidad de la comunidad –o al menos de manera ideal-.
Es el mundo que defendía John Locke; en el que se desarrolla la vida competitiva y la propiedad privada. De hecho, una de las críticas centrales al socialismo real, se enfocaba en la inclinación del Estado por el control del todo, es decir, lo que la politología denominó como totalitarismo. El discurso occidental, en tiempos de rivalidad, corría en sentido inverso, defendiendo sobre cualquier argumento, la libertad y los derechos fundamentales como el referente a la intimidad.
George Orwell probablemente lo que visualizó, en función de las bondades de la fotografía y el video, fue un mecanismo teóricamente viable para seguir al yo consigo, esto es, en ese espacio en el que el sujeto revela sus pulsiones, sus ideas e intereses. Y tenía a la mano el escenario potencial de aplicación y crítica, que era la Unión Soviética.
Hoy en día la idea ha cristalizado en casi toda la Ciudad de México, es incluso, un indicador de modernidad. Las cámaras se pueden observar en cualquier espacio abierto o cerrado. El mensaje es claro: aquí se está seguro, pues detrás de las lentes hay alguien observando todo y a todos.
Con tal razonamiento no deseamos caer en las delicias de los argumentos sencillos que apuntan, sin reflexión previa, en las teorías complotistas. El espionaje en México, es casi exclusivo para los actores del poder. La propuesta gira en torno a que, elementos como éste, no garantizan erradicar la organización delictiva y bien pueden derivar en aquello que temen las teorías complotistas, si las condiciones sociopolíticas así lo requieren, sin reparar en el cuestionamiento a la base doctrinal del sistema: violentar la libertad y el derecho a la intimidad.

Rubén Alejandro Rosas Longoria

 Estudiante del Posgrado en Estudios Urbanos, de la división de Ciencias y Artes para el Diseño Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco

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