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La coyuntura electoral de 2012, es sin duda relevante para la historia del siglo XXI en México por diferentes motivos, pero sobre todo, porque reposiciona a las juventudes mexicanas en la agenda social.

Mientras el mensaje, respecto a la valoración del sujeto joven, por parte de los diferentes niveles de gobierno ha sido claro y limitado, la respuesta de las y los jóvenes, en diferentes ciudades del país, e incluso de aquellos que se encuentran en otros países, ha sido, en contraste, clara, definida y con razonamientos tales que evidencian un marcado proceso de maduración civil.

Es difícil aún definir sus biografías y plantear un perfil socio-demográfico específico, no obstante, y para el interés del presente artículo, lo importante será no perder de vista la relación de poder, que estos grupos heterogéneos, establecieron por la fuerza de la participación con las autoridades estatales en funciones, e incluso con aquellas que se presentan, independientemente de lo que arroje el arbitraje electoral, como las de virtual relevo.

Es necesario señalar que las movilizaciones no surgieron por generación espontánea, porque al hacerlo le restaríamos valores constitutivos esenciales a lo que más tarde terminaría por identificarse como el “132”.

Desde la elección presidencial de 2006, se dio inicio a un proceso de estructuración política de izquierda por parte de Andrés Manuel López Obrador, que incluyó a jóvenes, empleados, intelectuales y población en general, que decidió organizarse para crear un movimiento con seis años de plazo para consolidarse. Si bien al principio se trató de acciones aisladas y acaso azarosas, lo cierto es que esto dio la oportunidad de caminar bajo la lógica de ensayo y error, de cara a la elección de 2012, a partir de un proyecto que poco a poco se iría identificando y aceptando como el MORENA (Movimiento de Regeneración Nacional).

A finales de 2011 y principios del doce, en la escena política aparecieron un par de elementos que ya no eran tan nuevos, pero que, por su uso, por parte de las y los jóvenes mexicanos, adquirieron nuevos significados, en tanto espacios de discusión y de generación de información. Naturalmente hablamos de las redes sociales, las cuales, según datos de “Lifebelt Marketing Relevante”, específicamente para el caso de Facebook, el 70% de la población cautiva en México, corresponde a los rangos de edad que van de los 16 a los 34 años, con una distribución de género casi del 50%.

Tanto Facebook como Twitter, convocaron a nuevos usuarios, y a partir de enero del presente año, los flujos de gente e información se intensificaron. En paralelo a la información tratada por los medios de comunicación de mayor popularidad, es decir, la televisión, en estas plataformas se estructuraba una organización civil basada en el intercambio de información que, independientemente de sus fuentes y veracidad, se expandía día a día.

Miles de jóvenes de diferentes ciudades aumentaban su lista de contactos a partir de sus inclinaciones políticas, sin reparar en las coordenadas de localización del nuevo “amigo”. Pero en el mes de mayo surgió una nueva coyuntura. El candidato por el Partido de la Revolución Institucional, Enrique Peña Nieto, en su visita por la Universidad Iberoamericana, es cuestionado y más tarde abucheado por muchas y muchos de los jóvenes asistentes, y se ve obligado abandonar las instalaciones con el mayor de los desconciertos.

El tratamiento que se le dio al suceso por el mencionado partido, fue que se trataba de saboteadores contratados o pertenecientes al Partido de la Revolución Democrática, por lo que las y los jóvenes participantes reivindicaron su postura vía YouTube; por la suma de ellas y ellos se contabilizaron 132 reivindicantes.

El valor trascendental de este acto, desde nuestra muy particular opinión, es que legitimó, por un lado, las acciones que diferentes grupos venían haciendo a través de las movilizaciones en vía pública y en las redes, y por otro, generó las condiciones históricas para converger en un solo movimiento, que si por algo se caracterizaría sería por su heterogeneidad.

La legitimación estuvo dada por que resignificaba la percepción del joven rebelde y sin causa, por la del joven informado y participativo, pues si las y los jóvenes de una de las universidades privadas de mayor prestigio en el país, se pronunciaban políticamente a favor de la democracia y la justicia, es porque en realidad no había otra opción que tomarlo con seriedad.

El movimiento inició su estructuración con mayor formalidad y poco a poco fue llenando calles y plazas públicas bajo diferentes estandartes, entre los que destacaron “las marchas Anti Peña”. El movimiento tuvo sus primeras victorias como lograr que las cadenas de televisión de mayor popularidad, teletrasmitieran el segundo debate presidencial por los canales de mayor audiencia.

Al termino de la elección y hasta la fecha, las movilizaciones han continuado por la defensa de la legalidad en el proceso electoral, y lo que, en todo caso, se perfila como lo más relevante, es que la fuerza de todas y todos estos jóvenes contagió a diferentes sectores, grupos etarios, organizaciones y otros movimientos sociales en su búsqueda por reconfigurar el balance en el ejercicio del poder.

Las agendas ya no pueden ser las mismas, pues las y los jóvenes mostraron capacidad analítica, argumentativa y creativa, para hacer frente a las élites políticas y hasta económicas. Continuaron con el legado del 68, y a partir de una estrategia a la que se ha denominado como la revolución pacífica de las conciencias, consiguieron consolidar su prestigio, no obstante los intereses particulares de las televisoras y del PRI.

La cuestión ahora, y con lo que iniciamos el argumento es, que en todo este recorrido, el mensaje de estado se puede interpretar, al hacer caso omiso a las presiones civiles, en los siguientes términos:

1.- La sociedad civil como categoría de análisis social, se nutre de diferentes elementos innovadores y creativos; y como hecho histórico, de un empoderamiento sin precedentes en tanto que sus jóvenes actores trascendieron el martirismo para convertirse en agentes de cambio. En paralelo el estado se empeña en mantener una estructura y cultura política lentas, pesadas y en decidido rumbo de involución.

2.- Las juventudes, no obstante haber mostrado su madurez, su capacidad de participación y organización política, siguen siendo entendidas y reducidas a un cúmulo de adolescentes que pronto cesarán de sus “tonterías pasajeras” derivadas de la edad.

Se trata con certeza, de una incapacidad de la clase política, de entender el futuro, lo que niega la virtud de su deber ser, pero que brinda motivos de congratulación a las y los jóvenes mexicanos que parecen tener mucha más claridad sobre lo que debe ser el devenir general del país.

     Soc. Rubén Alejandro Rosas Longoria

Coordinador Proyecto de Investigación

“Violencia, Género y Juventud”

COJETAC

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