Hoy en día, a pesar de discursos pragmáticos y cortos de miras, dentro del marco de los mercados laborales, ser joven y ser mujer son condiciones que delinean una serie de desafíos mayores a los que enfrentan los hombres jóvenes.

Ser mujer y ser joven son condiciones que complejizan y dificultan los procesos de transición escuela-trabajo y familia-trabajo, esto, principalmente porque estas dos condiciones estructurales que se asocian, están directamente vinculadas con procesos históricos de discriminación y exclusión.

En cuanto a los mercados laborales, estos siguen estando pensados, estructurados y organizados desde una visión patriarcal y adultocéntrica, por lo mismo, las mujeres jóvenes enfrentan procesos de violencias laborales que estructuran e imponen dinámicas de desvalorización y minimización de los aportes que las mujeres jóvenes trabajadoras generan y colocan en mercados de trabajo.

Estos procesos que impactan de manera negativa, principalmente en las trayectorias laborales de las mujeres jóvenes ocasionan, entre otras cosas: -salarios inferiores por el mismo trabajo realizado en comparación con el salario recibido por hombres; -desvalorización de sus aportes en el desarrollo y crecimiento de las organizaciones en donde colaboran; -ausencia de mecanismos a través de los cuales puedan acceder a posiciones de toma de decisión y liderazgo; -limitantes para acceder a los mercados laborales formales, los cuales se fundamentan sobre mandatos culturales tradicionales más que sobre aspectos técnicos y de competencias reales, con las que cuentan las mujeres jóvenes.

Con base en lo anterior, a nadie sorprende que varios indicadores cuantitativos evidencien las brechas que existen entre mujeres y hombres jóvenes:

  • hoy en día las mujeres jóvenes que están en situación de no estudiar y no trabajar representan el 30% del total de mujeres jóvenes;
  • en cuando a las diferencias de remuneración, las mujeres jóvenes ganan 22% menos que los hombres, o en otras palabras, ganan el 77.1% de lo que ganan los hombres por el mismo trabajo;
  • en cuanto al empleo informal, del total de la PEA femenina, el 60% de las mujeres jóvenes están en esta condición, lo cual implica que no tienen acceso a ningún tipo de seguridad social y por supuesto se vuelven factores que impactan en el aumento de la feminización de la pobreza.

Datos podrían seguir enlistándose, por eso la importancia no sólo de trabajar en favor de las mujeres, sino en tener la capacidad de abrir la estreches de miras y poner atención a una de las franjas poblacionales que por su condición etaria, suma procesos de exclusión, discriminación y violencias en términos estructurales e históricos..

Sonia Salazar Pérez

Víctor Daniel García García

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